En el IEFA Latam Forum, el gobernador de Neuquén defendió el rol de Neuquén y Río Negro en el desarrollo del shale, reclamó mayor reconocimiento al esfuerzo territorial que sostiene a la industria y advirtió que la competitividad también se construye con rutas, aulas, empleo y paz social.
Rolando Figueroa dejó una de las intervenciones más políticas del panel sobre Vaca Muerta en el IEFA Latam Forum al cuestionar la mirada centralista con la que muchas veces se analiza el desarrollo del shale argentino y al reivindicar el papel concreto que cumplen Neuquén y Río Negro para sostener el crecimiento de la industria. Con tono firme, y por momentos visiblemente molesto, el gobernador neuquino buscó correr la discusión de la épica abstracta sobre Vaca Muerta para llevarla al terreno donde, según planteó, verdaderamente se juega su viabilidad: el esfuerzo diario de las provincias, sus comunidades y sus Estados.
La frase que mejor sintetizó esa postura fue tan directa como filosa: “muchas veces el obelisco da miopía”. Con esa definición, Figueroa cuestionó una mirada porteña que, a su juicio, tiende a hablar de Vaca Muerta como si fuera un fenómeno autónomo, desconectado de las realidades territoriales, las tensiones sociales y las inversiones públicas que hacen posible su expansión. Su planteo fue claro: detrás del crecimiento del shale no hay magia ni automatismo geológico, sino una trama compleja de decisiones políticas, infraestructura, formación, trabajo y gobernabilidad.
En ese sentido, defendió con fuerza que no se hable de Vaca Muerta como algo ajeno a las provincias donde se desarrolla. Dijo que a él le molesta cuando se menciona el shale sin nombrar a Neuquén, Río Negro, los neuquinos y los rionegrinos, porque allí hay una construcción concreta que muchas veces no se ve desde los grandes centros de poder. Para el mandatario, reducir Vaca Muerta a la sola existencia de una roca productiva es una simplificación que oculta el verdadero esfuerzo detrás del fenómeno.
De hecho, Figueroa ya había marcado esa idea desde el arranque de su exposición al afirmar que “Vaca Muerta es simplemente una roca”. La definición apuntó a desarmar cualquier lectura mágica sobre el recurso. Explicó que formaciones similares existen en otros puntos del país, con otros nombres, pero que lo distintivo de Neuquén fue haber logrado construir, a partir de esa condición geológica, un proyecto. Es decir: transformar una roca en desarrollo económico requirió reglas claras, continuidad, trabajo conjunto con la industria y una política de Estado sostenida en el tiempo.
A partir de ahí, el gobernador desarrolló una idea central: la competitividad no depende sólo de las operadoras ni del precio del barril, sino también del esfuerzo de los Estados provinciales. En esa línea, detalló que Neuquén está invirtiendo 800 millones de dólares en infraestructura solamente en la región de Vaca Muerta, con recursos propios. Y no lo presentó como una obra accesoria, sino como una condición imprescindible para que la industria gane eficiencia. Puso ejemplos concretos: las demoras para atravesar Añelo le cuestan millones de dólares al año a las empresas, y la falta de rutas pavimentadas también afecta la competitividad de toda la cadena.
Para Figueroa, esa discusión es inseparable del rol del Estado. Sostuvo que ser eficientes también implica hacer rutas, anticipar obras, coordinar con el sector privado y garantizar que el crecimiento de la producción no colapse las capacidades del territorio. En su exposición vinculó directamente esa presión con la dinámica demográfica de la provincia: en 2025 nacieron unos 6.000 chicos, pero llegaron 25.000 migrantes, una cifra que obliga a expandir aulas, hospitales, servicios e infraestructura urbana a un ritmo inédito.
Ese punto fue uno de los más interesantes de su intervención, porque mostró la cara menos visible del boom energético. Mientras el país mira producción, barriles y exportaciones, las provincias deben absorber el impacto social del crecimiento. Figueroa ejemplificó que sólo para responder a la demanda educativa generada por quienes llegaron el año pasado, Neuquén necesita construir unas 160 aulas por año. En otras palabras, Vaca Muerta no sólo perfora pozos: también tensiona escuelas, rutas, viviendas y servicios públicos.
El gobernador también vinculó esa realidad con la necesidad de sostener la paz social como un activo estratégico. Remarcó que la Argentina es una zona libre de conflictos bélicos, pero advirtió que la paz social tiene un costo y exige gestión. Planteó que si una ruta se corta por falta de infraestructura, por problemas escolares o por deficiencias hospitalarias, se rompe la continuidad operativa que necesita la industria para ganar eficiencia. Desde esa mirada, el orden social no aparece como un tema periférico, sino como una pieza central de la competitividad.
Otro eje fuerte de su exposición fue el empleo y la formación. Allí explicó que una de las prioridades de su gestión es que la monetización del subsuelo se traduzca en mejora real de los indicadores sociales. Contó que la provincia viene reduciendo la asistencia social y empujando programas de capacitación para insertar a más neuquinos en empleo genuino. En ese marco ubicó la creación del Instituto Vaca Muerta, inaugurado el día anterior al panel, como una herramienta estratégica para formar mano de obra local junto con la industria.
Figueroa destacó que el instituto nació de un diálogo profundo con las empresas y remarcó que no se trata sólo de entrenar trabajadores para el corto plazo, sino de abrir oportunidades para la población de la región. Contó que en una de las aulas visitadas había rionegrinos y neuquinos, y hasta algunos santacruceños, lo que reforzó su visión de que el desarrollo energético debe tener una traducción concreta en inclusión, empleo y movilidad social.
A eso sumó otra dimensión de más largo plazo: la política de becas. Señaló que hoy la provincia tiene 20.000 chicos becados, de los cuales unos 3.000 cursan estudios superiores. Resaltó además que buena parte de esos estudiantes son la primera generación universitaria de sus familias y que una mayoría son mujeres. Para el gobernador, esa inversión en educación no es un anexo del modelo productivo, sino su base más profunda. La idea, según explicó, es que el crecimiento económico vaya de la mano con movilidad social y formación de capital humano.
En su exposición también rechazó una visión restringida del desarrollo local que limite la acción de las empresas sólo a las comunidades inmediatas donde operan. Defendió una idea más integral de provincia y planteó que el futuro ingeniero que permita mejorar Vaca Muerta puede surgir en cualquier rincón del territorio, incluso en una comunidad mapuche cordillerana. Esa mirada vuelve a mostrar que, para Figueroa, el shale debe ser pensado no sólo como negocio, sino como parte de un proyecto de desarrollo más amplio.
Sobre el final, llevó su argumento a una metáfora deportiva. Dijo que para competir con Estados Unidos no alcanza con tener recurso: hay que jugar en equipo. Y en ese equipo incluyó al Gobierno nacional, las provincias, las operadoras, los trabajadores y los sindicatos. Con esa imagen cerró una intervención que no se limitó a defender a Neuquén, sino que también buscó poner en valor a Río Negro y a toda la Patagonia productiva como protagonistas de una transformación que, según dejó en claro, no puede seguir siendo leída con ojos exclusivamente porteños.
La intervención de Figueroa dejó así una de las definiciones políticas más fuertes del foro. Frente a una narrativa que muchas veces reduce Vaca Muerta a un reservorio extraordinario, el gobernador respondió con una idea más incómoda y más realista: el shale no se sostiene solo. Se sostiene con territorio, con Estado, con infraestructura, con licencia social y con provincias que cargan sobre sus espaldas buena parte del esfuerzo que permite convertir una roca en una oportunidad concreta para la Argentina.





