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Vaca Muerta cerró 2025 con casi 24.000 etapas de fractura: subió cerca de 34% y marcó un nuevo récord de actividad

Nicolás Muñoz

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enero 2, 2026
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Vaca Muerta terminó 2025 con un nivel de actividad que confirma el cambio de escala del no convencional argentino: el año cerró con casi 24.000 etapas de fractura, un salto de alrededor del 34% frente a 2024. El dato no solo sirve para dimensionar el ritmo del shale, sino también para entender por qué la región (Río Negro en particular, por su rol logístico, industrial y de servicios) empieza a sentir cada vez más el impacto indirecto de ese crecimiento.

Para el lector común, vale la traducción rápida: cuando hablamos de “etapas de fractura”, hablamos de la intensidad real del desarrollo en los pozos. Cada etapa es una parte del proceso de completación que permite estimular la roca para que el pozo produzca. En términos prácticos, más etapas suelen significar más equipos trabajando, más demanda de arena, más logística, más servicios especiales, más transporte, más turnos y, en consecuencia, más presión sobre costos, planificación y capacidad de respuesta de toda la cadena.

En ese marco, 2025 quedó arriba no solo en el acumulado anual, sino también en el comportamiento mes a mes. El gráfico que compartido —con el registro mensual desde 2016, discriminado por operadora— muestra tres momentos bien claros: un crecimiento inicial con volúmenes todavía moderados, el quiebre de 2020 y la aceleración sostenida desde 2021. Pero lo más relevante es lo que ocurre en 2025: la serie rompe su techo histórico y aparece un primer semestre con picos muy altos, con un máximo en mayo (2.588 etapas) y meses fuertes como abril (2.214). En la segunda mitad del año, lejos de caerse, la actividad sostiene un piso elevado, con meses por arriba de las 2.000 etapas como agosto (2.163) y octubre (2.020), hasta cerrar diciembre con 1.791. Esa dinámica es importante porque muestra que no fue un “pico aislado”, sino un año de intensidad alta y relativamente sostenida.

El liderazgo operativo también ayuda a explicar el resultado. En el cierre de diciembre, las principales compañías concentraron la mayor parte del trabajo, con YPF al frente y un pelotón de operadoras que vienen empujando fuerte el desarrollo en la Cuenca Neuquina. La composición por empresas, además de ordenar el mapa del shale, deja una lectura concreta: el récord no se construyó con un único jugador, sino con un conjunto de compañías que sostuvieron actividad y equipos en línea con planes de producción, exportación y reemplazo de declino.

Si lo comparamos con los últimos años, la tendencia es consistente y cada año agrega un escalón. Desde la recuperación post 2020, los valores anuales fueron creciendo de manera firme: 2022 se ubicó en el orden de las 12.500 etapas; 2023 rondó las 14.700; 2024 trepó a cerca de 17.800; y 2025 directamente se estacionó en la zona de las 24.000. En otras palabras: el sistema no solo creció, sino que lo hizo con una pendiente cada vez más pronunciada, lo que obliga a pensar el negocio no solo en términos de pozos y producción, sino de infraestructura, disponibilidad de equipos, logística y competitividad de proveedores.

Para Río Negro, este termómetro también importa, aunque las fracturas se realicen mayormente del lado neuquino. Cuando Vaca Muerta acelera, la región se reconfigura: crece la demanda de transporte y servicios, se recalienta la discusión por la arena (costos, origen y calidad), se fortalece el rol de los corredores logísticos, y se vuelve más visible la necesidad de formación de mano de obra y de proveedores con estándares industriales. A medida que el shale gana volumen, también se vuelve más exigente con todo lo que no se ve en la boca de pozo: rutas, seguridad, campamentos, talleres, metalmecánica, repuestos, mantenimiento, disponibilidad de equipos y coordinación de cadenas de suministro.

El cierre de 2025 deja una conclusión concreta: la actividad de fractura volvió a ser el indicador más directo de la velocidad del shale, y el año marcó un récord que eleva la vara para lo que viene. Si el ritmo se sostiene, el desafío deja de ser “si Vaca Muerta puede crecer” y pasa a ser “cómo se organiza la región para acompañar ese crecimiento con costos controlados, más valor local y reglas claras”, en un escenario donde cada punto de eficiencia en la cadena termina impactando en competitividad, inversiones y empleo.

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