En IEFA Latam Forum, los gobernadores de Río Negro y Neuquén exhibieron sintonía política, defensa del trabajo conjunto con la industria y una estrategia compartida para convertir al shale en exportaciones, infraestructura y estabilidad de largo plazo.
El panel sobre Vaca Muerta en el IEFA Latam Forum dejó mucho más que una serie de definiciones sobre producción, costos o exportación. Lo que terminó de consolidarse fue una imagen política: Alberto Weretilneck y Rolando Figueroa mostraron una alianza cada vez más nítida entre Río Negro y Neuquén para sostener la nueva etapa del desarrollo energético argentino, una etapa en la que el desafío ya no pasa sólo por extraer hidrocarburos, sino por construir condiciones de escala, previsibilidad y salida al mundo.
Esa fue, en rigor, la señal de fondo del encuentro. A medida que avanzó la conversación, quedó claro que Vaca Muerta ya no puede leerse únicamente como un fenómeno geológico o productivo. Para ambos mandatarios, el shale se transformó en una política de Estado de largo plazo, apoyada sobre un entramado en el que confluyen provincias, Nación, industria, infraestructura, licencia social y reglas de juego estables.
Figueroa fue quien trazó con mayor claridad esa evolución. Recordó que Neuquén viene construyendo su perfil energético desde hace décadas, pero remarcó que el punto de inflexión llegó en 2012, cuando comenzó la adaptación al no convencional. En ese recorrido dejó una definición tan simple como contundente: “Vaca Muerta es simplemente una roca”. Con esa frase buscó despejar cualquier mirada mágica sobre el fenómeno. La roca, dijo, existe también en otras cuencas y bajo otros nombres. La diferencia, según su planteo, estuvo en la capacidad de Neuquén para transformar esa condición necesaria en un proyecto concreto a partir de decisiones políticas, estabilidad y articulación con el sector privado.
Esa misma idea lo llevó a describir el cambio de paradigma que, a su juicio, vive hoy la Argentina. Si en 2012 predominaba la lógica de la escasez, con temor a quedarse sin gas ni petróleo, ahora el país entra en una etapa distinta: la de la abundancia. Y en ese nuevo escenario, advirtió, el riesgo ya no es quedarnos sin recurso, sino no monetizarlo a tiempo. “Si no extraemos el gas y el petróleo en determinada cantidad de años, lo vamos a perder”, sostuvo. Fue una manera de plantear que Vaca Muerta exige velocidad, escala y visión exportadora.
En ese punto apareció el rol de Río Negro como pieza central de la nueva fase. Figueroa destacó expresamente a Weretilneck por haber impulsado la posibilidad de que la salida al mundo se concretara por la costa rionegrina. No fue un elogio menor. Al reconocer públicamente que la provincia vecina abrió una oportunidad estratégica para toda la Patagonia, el gobernador neuquino terminó de reforzar una idea política de peso: Neuquén aporta el corazón productivo, pero Río Negro se consolida como la plataforma logística y exportadora sin la cual el salto de Vaca Muerta no tendría escala completa.
La sintonía entre ambos no quedó sólo en los conceptos. También tuvo un gesto político muy visible cuando, tras una larga exposición de Figueroa sobre el trabajo conjunto, la infraestructura, la paz social y la necesidad de competir con Estados Unidos “jugando en equipo”, Weretilneck lo interrumpió con humor para decir que ya no le dejaba nada por agregar. Acto seguido se puso a aplaudir, acompañado por todo el salón. La escena, lejos de ser anecdótica, funcionó como la confirmación simbólica de un alineamiento que hoy tiene traducción concreta en obras, proyectos y estrategia.
Cuando le tocó hablar, Weretilneck profundizó esa línea y llevó el planteo un paso más allá. Dijo que lo visto en Nueva York durante Argentina Week y lo que ocurre hoy en Vaca Muerta demuestra un hecho inédito para la Argentina reciente: la coincidencia entre gobierno nacional, provincias e industria en torno a un mismo horizonte de país. Según su análisis, ese es el dato más importante del momento. No se trata sólo de inversiones, sino de una articulación que combina macroeconomía, régimen de incentivos, estabilidad política y asociación empresaria para convertir a la Argentina en un exportador mundial de energía.
En esa construcción, el gobernador de Río Negro no dejó lugar para medias tintas. Afirmó que “Vaca Muerta no es un proyecto, es una realidad” y sostuvo que su provincia será el hub exportador de LNG y petróleo más importante de América Latina. Lo dijo apoyado en hitos concretos: el avance del VMOS, las obras en Allen y Punta Colorada, el proyecto de Southern Energy y la apuesta mayor de Argentina LNG. Pero, más allá de los números, su planteo tuvo un contenido político preciso: Río Negro quiere dejar de ser visto como un territorio complementario para pasar a ser leído como un actor estratégico del nuevo mapa energético.
Weretilneck también explicitó cuál entiende que debe ser la responsabilidad provincial frente a inversiones de esta magnitud: estabilidad política, seguridad jurídica, previsibilidad económica y rapidez administrativa. Reconoció que para Río Negro todo esto implicó un aprendizaje acelerado, porque la industria avanza a una velocidad que obliga a readecuar al Estado. Habló de la necesidad de bajar los tiempos de permisología, de ordenar las áreas técnicas y de eliminar cualquier factor que pueda demorar proyectos que hoy se juegan en competencia internacional. En ese marco, incluso defendió decisiones de fuerte impacto institucional, como aceptar esquemas de resolución de controversias fuera de la jurisdicción local para transmitir al inversor una señal inequívoca de cumplimiento.
Ahí aparece otro de los rasgos que dejó el panel: tanto Weretilneck como Figueroa hablaron de las provincias no como observadoras, sino como garantes del clima de inversión. Figueroa lo hizo al detallar el esfuerzo en infraestructura, rutas, aulas, formación y paz social. Weretilneck, al remarcar que cada proyecto tiene leyes específicas y compromisos de largo plazo para no alterar las reglas de juego. En ambos casos, la idea fue la misma: la competitividad de Vaca Muerta no depende sólo de las operadoras, sino también de la capacidad de los Estados provinciales para acompañar, anticiparse y ordenar.
La convergencia entre ambos gobernadores también mostró una lectura compartida sobre el momento histórico. Ninguno habló de Vaca Muerta como una oportunidad aislada. Ambos la vincularon con una transformación estructural del país. Figueroa lo planteó como un desafío generacional. Weretilneck lo enmarcó dentro de una Argentina que puede cambiar su esquema macroeconómico a partir del campo, la minería y la energía. Esa coincidencia conceptual refuerza la tesis de que el shale ya dejó de ser solo un asunto sectorial para convertirse en una discusión de modelo de desarrollo.
El panel, por lo tanto, dejó una conclusión política de fondo: Río Negro y Neuquén empiezan a mostrarse como un bloque de poder territorial asociado al futuro energético argentino. No compiten entre sí por una porción del negocio. Al menos en el discurso público, buscan exhibirse como provincias complementarias, alineadas y conscientes de que el próximo salto de Vaca Muerta exige algo más que buenos pozos: necesita puertos, ductos, obras, seguridad jurídica, licencia social y una narrativa política compartida.
Esa construcción, además, no es menor en un momento en que la Argentina intenta convencer al mundo de que puede dejar atrás años de inestabilidad para transformarse en un proveedor confiable de petróleo y GNL. En ese camino, la foto de Weretilneck y Figueroa en IEFA tiene valor propio. Resume una idea que hoy empieza a tomar forma: la etapa exportadora de Vaca Muerta no se explica sólo desde Neuquén ni sólo desde Río Negro, sino desde la articulación entre ambas provincias como núcleo de una nueva geografía de poder en la Patagonia.





