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Del pozo al surtidor: la nueva disputa por el control de la cadena energética

Nicolás Muñoz

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junio 5, 2026
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La compra de Raízen Argentina por parte de Mercuria, el modelo integrado de YPF y la estructura de PAE/AXION muestran una tendencia de fondo: en una Argentina atravesada por Vaca Muerta, la ventaja competitiva no estará solo en producir más petróleo o gas, sino en controlar infraestructura, refinación, logística y acceso al mercado final.

La industria energética argentina empieza a discutir algo más profundo que producción. Durante años, el foco estuvo puesto en aumentar barriles, acelerar pozos, mejorar la productividad de Vaca Muerta y demostrar que el recurso no convencional podía competir a escala global. Esa agenda sigue siendo central, pero ya no alcanza para explicar hacia dónde se mueve el negocio.

La nueva etapa abre otra pregunta: quién controla la cadena completa.

En petróleo y gas, producir es apenas el primer tramo de una estructura mucho más amplia. Después del pozo aparece la necesidad de evacuar la producción, transportarla, almacenarla, procesarla, refinarla, exportarla o transformarla en combustibles para el mercado interno. En cada uno de esos pasos hay costos, márgenes, riesgos, cuellos de botella y decisiones estratégicas.

Por eso vuelve a ganar peso el concepto de integración vertical. No como una definición académica, sino como una forma concreta de administrar poder dentro de la industria. Integrar la cadena permite capturar valor en distintos eslabones, reducir dependencia de terceros, asegurar abastecimiento, mejorar la gestión del riesgo y ganar capacidad de reacción frente a cambios de precios, demanda, logística o regulación.

La operación entre Mercuria Energy Group y Raízen Argentina puso ese debate sobre la mesa. Como ya explicó Energía 360, el grupo suizo acordó comprar el negocio de downstream de Raízen en el país por US$ 1.420 millones. El paquete incluye la red de estaciones Shell, la refinería de Dock Sud, terminales de combustibles, aeroplantas y una planta de lubricantes. La transacción todavía debe completar condiciones de cierre y aprobaciones regulatorias, pero su impacto estratégico ya se proyecta sobre el mercado local.

El negocio Shell cambia de manos: Mercuria compra Raízen Argentina por US$ 1.420 millones

El dato relevante no es solamente que la marca Shell cambia de manos en Argentina. El punto de fondo es que Mercuria no llega al país desde cero. Ya tiene presencia en el upstream argentino a través de Phoenix Global Resources, compañía enfocada en exploración y producción de petróleo y gas, con activos en Vaca Muerta y operaciones en Río Negro, Neuquén y Mendoza. La propia Phoenix se presenta como parte de Mercuria Energy Trading.

Con ese antecedente, la compra de Raízen adquiere otra dimensión. Mercuria ya tenía exposición a la producción de hidrocarburos mediante Phoenix. Ahora busca sumar refinación, logística, aviación, lubricantes y comercialización minorista. El movimiento no debe leerse como una compra aislada de estaciones de servicio, sino como una jugada para posicionarse en distintos tramos del sistema energético argentino.

Ahí aparece la discusión central: el valor ya no está solo en el subsuelo. También está en la infraestructura que permite convertir ese recurso en flujo comercial, abastecimiento, exportación y rentabilidad.

Una compañía enfocada únicamente en producción depende de la capacidad disponible en ductos, de los contratos de transporte, de los compradores, de los precios internacionales, del acceso a puertos y de las condiciones del mercado interno. Una compañía integrada, en cambio, puede capturar margen en más de una etapa: producir, transportar, refinar, almacenar, distribuir y vender. Esa estructura no elimina riesgos, pero permite administrarlos con más herramientas.

YPF es el caso más completo de integración vertical en Argentina. Su peso no se explica únicamente por su producción ni por su red de estaciones, sino por la combinación de activos en exploración, producción, refinación, logística, abastecimiento, petroquímica y comercialización. Es una compañía que participa en distintos puntos de la cadena y que, por esa razón, tiene capacidad para coordinar decisiones entre el recurso, la infraestructura y el mercado.

Ese modelo cobra más valor en un país que busca escalar Vaca Muerta. Si crece la producción de crudo, se necesitan oleoductos, terminales, tanques y puertos. Si aumenta la demanda de combustibles, se necesita refinación y logística. Si se abren oportunidades exportadoras, hacen falta contratos, infraestructura de salida y capacidad operativa para cumplir. La integración permite mirar la cadena como sistema, no como compartimentos aislados.

Después de YPF, el modelo privado más claro es Pan American Energy a través de AXION energy. PAE combina producción de hidrocarburos con refinación y comercialización de combustibles. AXION opera la refinería de Campana y transforma crudo en productos de mayor valor como naftas, gasoil, jet, LPG, solventes y petroquímicos. Ese esquema sintetiza el sentido económico de la integración: convertir producción en mercado.

El caso Mercuria-Phoenix-Raízen agrega una tercera categoría: traders globales que buscan avanzar sobre activos físicos. No se trata solo de comprar y vender commodities. El negocio energético moderno exige controlar información, financiamiento, contratos, logística, riesgo e infraestructura. Las refinerías, terminales, plantas de almacenamiento, redes comerciales, ductos y puertos dejan de ser activos secundarios para convertirse en posiciones estratégicas.

La diferencia entre estos modelos importa. Vista, Tecpetrol, Pluspetrol, Pampa Energía, Chevron y TotalEnergies son actores de peso en exploración y producción, especialmente en Vaca Muerta y otras cuencas. Varias de estas compañías tienen escala, eficiencia operativa y planes de inversión relevantes. Sin embargo, no cuentan con una red minorista de combustibles comparable a YPF, AXION o Shell. Su capacidad de captura de valor depende más de la producción, los contratos, la evacuación, los precios y el acceso a mercados.

Eso no significa que una compañía integrada sea automáticamente más eficiente. Integrar la cadena exige capital, escala, gestión, tecnología, cumplimiento ambiental, seguridad industrial y capacidad para operar negocios de naturaleza muy distinta. Una refinería, una terminal o una red de estaciones pueden ser activos estratégicos, pero también implican exposición regulatoria, costos permanentes, mantenimiento, relación directa con consumidores y responsabilidad operativa.

La discusión de fondo es que Argentina está entrando en una etapa donde la infraestructura será el verdadero filtro entre potencial energético y valor económico.

Vaca Muerta puede producir más petróleo y más gas, pero ese crecimiento necesita caminos de salida. Sin oleoductos, gasoductos, plantas de tratamiento, compresión, almacenamiento, refinerías, terminales portuarias, barcos y contratos, el recurso queda limitado. El barril o el metro cúbico bajo tierra no alcanza. Lo que define competitividad es la capacidad de conectarlo con mercados.

Por eso la infraestructura vuelve al centro de las decisiones corporativas. No se trata únicamente de tener áreas productivas. También importa tener evacuación, procesamiento, logística, acceso a clientes, contratos de largo plazo y flexibilidad comercial. En esa combinación se define buena parte de la rentabilidad futura.

Este punto conecta directamente con Río Negro. La provincia ya no debe mirarse solo como territorio cercano a Vaca Muerta, sino como parte del nuevo sistema de evacuación y exportación de la energía argentina. VMOS, Punta Colorada, el Golfo San Matías y los proyectos vinculados al GNL colocan a la infraestructura rionegrina dentro de la discusión estratégica del sector.

El valor de Río Negro está en su capacidad de conectar producción patagónica con mercados globales. Oleoductos, gasoductos, puertos, terminales offshore, plantas asociadas y servicios logísticos no son solo obras. Son activos que definen costos, plazos, competitividad y capacidad exportadora. En una industria donde la cadena completa gana peso, la provincia empieza a ocupar un lugar mucho más relevante que el de simple territorio de paso.

La integración vertical, entonces, no es solo una estrategia empresaria. Es una forma de leer cómo se reordena el poder dentro de la industria energética. Las compañías que logren articular producción, transporte, procesamiento, financiamiento, logística y mercado tendrán más capacidad para negociar, competir y capturar valor.

La compra de Raízen por Mercuria, el modelo de YPF y la estructura de PAE/AXION apuntan en esa dirección. Cada uno con su escala, su perfil y su estrategia, pero todos bajo una misma lógica: el negocio energético argentino ya no se define solamente por quién perfora más, sino por quién controla el recorrido completo de esa energía.

En la Argentina que viene, el barril no termina en el pozo. Su verdadero valor se decide en la infraestructura que lo mueve, en la refinería que lo procesa, en el puerto que lo exporta, en la terminal que lo almacena, en el contrato que lo coloca y en el surtidor que lo vende.

Ese es el debate que empieza a ordenar la próxima etapa del sector. Para una provincia como Río Negro, ubicada en el cruce entre Vaca Muerta, la infraestructura de evacuación, los proyectos portuarios y el futuro del GNL, comprender esa lógica no es un ejercicio teórico: es entender dónde se va a disputar una parte central del desarrollo energético argentino.

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